sábado, 5 de marzo de 2011

EL CARACOL SILVIO

El caracol Silvio  se despertó bien temprano a la mañana. Se desperezó y se preparó el café mientras repasaba las noticias en el matutino. Le dió un beso a su amada y se marchó a trabajar. En la planta lo esperaba otra jornada dura. Se arrastraba por el sendero estrecho del jardín. El tráfico, como todas las mañanas, estaba congestionado. Millones de caracoles viajaban por la misma ruta. Existía la posibilidad de tomar un desvío. Pero ninguno de los caracoles se le había ocurrido hacerlo. Silvio siempre lo pensaba, pero nunca lo llevaba a cabo.  Todos pacientemente caminaban al son de la marcha caracolista. Luego de una  ardua tarea diaria en la planta, Silvio regresaba a su hogar con varios palitos verdes. Cenaba con Silvia, y después a dormir las siete horas reglamentarias. Todos los caracoles dormían lo mismo. Nadie se atrevía dormir menos ni más. Alguien,  a quien no habían conocido, les había transmitido que así era y ni uno  se animaba a romper con esa regla. Silvio siempre pensó que esa norma era estupida. Pero siempre la obedecía. 
Un buen día Silvio volvía a su hogar. Y de repente  una voz extraña le habló desde el más allá:
-¿Que haces Silvio?
-¿Quien sos? ¿Quien habla?-preguntó asustado el caracol.
-Silvio, ¿porque tenes tanto miedo en tomar riesgos?-interpeló la voz.
Silvio no daba crédito de lo que escuchaba. Desconcertado y desesperado, apuró el paso cantando para evitar escuchar esa voz. Arribó a su hongo y se escondió debajo de su cama. Silvia no entendía que le sucedía a su marido. Desde ese entonces, Silvio nunca más  fue el mismo.
A veces, es mejor vivir sin preguntarse demasiadas cosas. Porque si indagamos demasiado corremos el riesgo de conocernos realmente quienes somos. Y no todos pueden soportar esa responsabilidad.

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